Memorias de un europeo El mundo de ayer

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Con todo, el verdadero descubrimiento de un poeta en Londres no fue el de un artista vivo, sino de uno bastante olvidado todavía hoy: William Blake, ese genio solitario y problemático que aún sigue fascinándome con su mezcla de torpeza y sublime perfección. Un amigo me había aconsejado que me hiciera mostrar en el print room del Museo Británico (administrado en aquel entonces por Lawrence Binyon) los libros con ilustraciones en color Europa, América, El libro de Job, en la actualidad rarísimas obras de anticuario, y realmente me fascinaron. Por primera vez vi en ellos una de esas naturalezas mágicas que, sin conocer muy bien su camino, son llevadas a través de todos los desiertos de la fantasía como por alas de ángeles; durante días y semanas traté de ahondar en el laberinto de esta alma ingenua y a la vez demoníaca y traducir al alemán algunas de sus poesías. Poseer una página suya se convirtió casi en una fiebre, aunque de momento parecía una posibilidad casi sólo de ensueño. Pero he aquí que un día mi amigo Archibald G. B. Russell, ya por entonces el mejor experto en Blake, me contó que en la exposición que preparaba estaba a la venta uno de sus visionary portraits, el Rey Juan, en su opinión (y en la mía) el mejor dibujo a lápiz del maestro.

―Nunca se cansará de contemplarlo ―me prometió.


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