Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer De los escritores ingleses sólo vi a Arthur Symons, quien, por su parte, me procuró una invitación a casa de W. B. Yeats, de cuyas poesías yo estaba enamorado y de quien traduje, por puro placer, una parte de su sensible drama The Shadowy Waters. No sabía que se trataba de una velada de lectura; los invitados se reducían a un pequeño círculo de escogidos; estábamos sentados, muy apretados, en una habitación poco espaciosa, algunos en taburetes, otros incluso en el suelo. Tras encender dos cirios de altar gruesos y muy altos al lado de un pupitre negro, o revestido de negro, Yeats finalmente comenzó la lectura. Se apagaron todas las demás luces de la habitación, de modo que su cabeza enérgica, de rizos negros, se destacaba intensamente a la luz de los cirios. Leía despacio, con una voz oscura y melodiosa, sin caer en ningún momento en un tono declamatorio, dando a cada verso su peso metálico completo. Era bello. Era realmente majestuoso. Lo único que me sobraba allí era el preciosismo de la escenificación, la vestidura negra, parecida a un hábito, que confería a Yeats un aire sacerdotal, y el lento consumirse de los cirios, que exhalaban, me pareció, un suave olor aromático; de este modo, el placer literario, que, por otro lado, me ofreció una sensación nueva se convirtió más en una celebración ritual que en una lectura espontánea. Y, sin querer, recordé cómo leía sus poesías Verhaeren en comparación con Yeats: en mangas de camisa, para poder marcar mejor el ritmo con sus brazos nervudos, sin pompa ni teatro; o cómo, ocasionalmente, recitaba Rilke unos cuantos versos de un libro: con sencillez y claridad, poniéndose quietamente al servicio de la palabra. Fue la primera lectura poética “escenificada” a la que había asistido jamás y si, a pesar de mi amor por su obra, me resistí, un poco desconfiado, a aquella ceremonia de culto, no por ello dejó Yeats de contar en aquella ocasión con un invitado agradecido.