Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Huelga decir que al principio lo intenté de veras: paseando. En los primeros ocho días recorrí Londres hasta quemarme las suelas de los zapatos. Con un sentido del deber propio de un estudiante, visité todas las curiosidades reseñadas en la guía turística, desde el museo de Madame Tussaud hasta el Parlamento; aprendí a beber ale, sustituí los cigarrillos parisienses por la habitual pipa del país y me esforcé por adaptarme a otros cien detalles más. Pero no llegué a establecer ningún contacto, ni literario ni social, y quien ve Inglaterra desde Fuera, pasa por alto lo esencial como pasa por alto las empresas millonarias de la City, de las que, desde fuera, sólo ve el estereotipado y lustroso letrero de latón. Admitido en un club, no sabía qué hacer allí; la sola visión de los hundidos sillones de cuero me incitaba, como toda su atmósfera, a una especie de sopor intelectual, pues no me había concentrado en ninguna actividad ni deporte merecedores de tan sabio reposo. Y es que la ciudad eliminaba tenazmente al ocioso, al mero espectador, como a un cuerpo extraño, a menos que tuviera millones y supiera elevar el ocio a la categoría de arte social, mientras que París lo acogía en su cálido engranaje y lo hacía rodar alegremente con todos los demás. Reconocí mi error demasiado tarde: debí haber pasado esos dos meses de Londres dedicado a alguna forma de actividad: como meritorio en una tienda o como secretario de un periódico; así, hubiera penetrado en la vida inglesa, aunque sólo fuese unos centímetros. Como simple espectador, desde fuera conocí muy poco y hasta muchos años más tarde, durante la guerra, no llegué a hacerme una idea de la auténtica Inglaterra.