Memorias de un europeo El mundo de ayer

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Después de París, Londres me dio la impresión de entrar de repente en la sombra tras un día de calor abrasador: en el primer momento se siente cómo un escalofrío involuntario recorre todo el cuerpo, pero luego los ojos y los sentidos no tardan en aclimatarse. De antemano me había impuesto a mí mismo, como un deber, estar en Londres entre dos y tres meses, porque ¿cómo conocer nuestro mundo y evaluar sus fuerzas sin conocer el país que, desde hace siglos, ha tenido a ese mundo bajo su férula? También confiaba en poder pulir mi inglés oxidado (el cual, dicho sea de paso, nunca fue demasiado fluido) aplicándome en la conversación y frecuentando la sociedad. Por desgracia no fue así: como todos los continentales, había tenido poco contacto literario con el otro lado del Canal y lamento decir que me sentía incompetente en medio de tertulias que versaban sobre temas como la corte, las carreras de caballos y los parties, conversaciones de breakfast y los small talks que se repetían en nuestra pequeña pensión. Cuando se discutía de política, yo no podía seguir la conversación, porque hablaban de un tal Joe y yo no sabía que se referían a Chamberlain, e igualmente llamaban por el nombre de pila a todos los sirs; por otro lado, ante el cockney de los cocheros me sentía como si llevara tapones en los oídos. De manera, pues, que no progresé tan deprisa como esperaba. Intenté aprender un poquitín de buena dicción de los predicadores en las iglesias, dos o tres veces fui a curiosear por el palacio de justicia durante los juicios, fui al teatro para oír buen inglés, pero me las vi y me las deseé para encontrar lo que en París me salía al paso a raudales: vida social, compañerismo y alegría. No encontré a nadie con quien hablar de temas que para mí eran los más importantes; por otra parte, yo debía de parecer a los ingleses, incluso a los más indulgentes, un individuo más bien inculto y soso dada mi indiferencia infinita por el deporte, el juego, la política y todo aquello con que ellos se entretenían. En ninguna parte conseguí adaptarme en cuerpo y alma a un ambiente, a un círculo; de modo, pues, que en realidad pasé las nueve décimas partes de mi estancia en Londres trabajando en mi habitación o en el Museo Británico.


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