Memorias de un europeo El mundo de ayer

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La noticia no contenía, huelga decirlo, ni pizca de verdad; el excelente funcionario no había tenido que moverse ni un minuto de su escritorio, nosotros le habíamos llevado a casa al ladrón y la maleta. Pero el hombre había aprovechado la ocasión para sacar de ella un buen rendimiento publicitario personal.

Si el episodio tuvo un final feliz tanto para el ladrón como para la policía, no lo tuvo para mí, pues a partir de aquel momento mi hotelero, antes tan jovial, hizo todo lo posible para impedir que me quedara más tiempo en su hotel. Cuando yo bajaba las escaleras y saludaba cortésmente a su mujer en la portería, ella no me contestaba y, ofendida, volvía a un lado su honrada cabeza burguesa; el criado ya no me arreglaba la habitación, las cartas se perdían misteriosamente; incluso en las tiendas del vecindario y en el bureau de tabac, donde antes me saludaban como a un verdadero copain debido a mi gran consumo de tabaco, me encontré de repente con caras glaciales. La moral pequeñoburguesa, no sólo del hotel, sino también de toda la calle y del barrio entero, se sintió ofendida y cerró filas contra mí por haber “ayudado” al ladrón. Finalmente, no tuve más remedio que mudarme y, con la maleta recuperada, abandoné aquel cómodo hotel, tan ignominiosamente como si hubiera sido yo el malhechor.


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