Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer En un primer momento no entendí a qué se refería. Me pasó el periódico, que, mira por dónde, publicaba una relación larguísima del incidente del día anterior, sólo que apenas pude reconocer los auténticos hechos en aquella prosa romántica. Con un excelente arte periodístico, se describía que en un hotel del centro de la ciudad un distinguido forastero (me habían convertido en distinguido para hacerlo más interesante) había sido víctima del robo de una maleta que contenía una serie de objetos de gran valor, entre ellos una carta de crédito de veinte mil francos (los dos mil se habían multiplicado de la noche a la mañana), así como otros objetos insustituibles (que en realidad consistían exclusivamente en camisas y corbatas). Al principio parecía imposible hallar pista alguna porque el ladrón había cometido el robo con un refinamiento increíble y, según todos los indicios, con un conocimiento exactísimo del lugar. Pero el sous-préfet des arrondíssements, el señor “tal”, con su “conocida energía” y “grande perspicacité”. había tomado de inmediato las medidas oportunas. Siguiendo sus instrucciones dictadas por teléfono, en menos de una hora se habían registrado a fondo todos los hoteles y pensiones de París, y tales medidas, ejecutadas con la precisión habitual, habían conducido a la detención del malhechor en un tiempo brevísimo. Sin tardanza, el jefe superior de la policía había dedicado especiales palabras de elogio al excelente funcionario por esta admirable acción, ya que gracias a su energía y gran visión había dado una vez más un ejemplo brillante de la modélica organización de la policía parisiense.