Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Ya no tenía humor para llegar a San Francisco (en aquella época todavía no se había inventado Hollywood). Pero al menos en otro lugar pude ver el anhelado Océano Pacífico, que me había fascinado desde la infancia, cuando leía relatos de los primeros viajes alrededor del mundo. Y lo vi desde un lugar hoy desaparecido, un lugar que ningún ojo mortal volverá a ver: los últimos montículos del canal de Panamá. Fui allí en un pequeño barco que pasaba por las Bermudas y Haití: y es que nuestra poética generación había sido educada por Verhaeren para admirar los milagros técnicos de nuestra época como nuestros antepasados admiraban las antigüedades romanas. El propio Panamá ya constituía un espectáculo inolvidable, excavado con máquinas, y con aquel cauce de un color ocre amarillento que quemaba los ojos incluso a través de gafas oscuras y un aire diabólico, atravesado por el zumbido de millones y millones de mosquitos cuyas víctimas yacían en el cementerio en hileras interminables. ¡Cuántos hombres habían caído a causa de aquella obra que Europa había empezado y América acabaría! Y que ahora, finalmente, después de treinta años de catástrofes y desengaños, se hacía realidad. Unos meses más para llevar a cabo los últimos trabajos en las esclusas y, después, la presión de un dedo sobre un botón eléctrico y los dos océanos confluirían para siempre después de milenios; pero yo, uno de los últimos de aquella época, con el sentido de la historia bien despierto, todavía los vi separados. Aquella mirada sobre la mayor gesta creadora de América fue una buena despedida del nuevo continente.