Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer La primera impresión fue formidable, a pesar de que Nueva York no tenía aún esa embriagadora belleza nocturna de hoy. No existían aún las impetuosas cataratas de luz del Times Square ni el fantástico cielo estrellado de la ciudad que de noche tiñe de rojo a las reales y auténticas estrellas del firmamento con millones de estrellas artificiales. El aspecto de la ciudad, así como la circulación, carecían de la osada munificencia de hoy, pues la nueva arquitectura se ensayaba todavía con inseguridad en algunos grandes edificios aislados; también el sorprendente auge del gusto por los escaparates y los adornos se hallaba apenas en sus tímidos inicios. Ahora bien, contemplar el puerto desde el puente de Brooklyn, siempre con una ligera oscilación, y pasear por los desfiladeros de piedra de las avenidas era una verdadera fuente de descubrimientos y de emociones, si bien es verdad que, al cabo de dos o tres días, cedieron a una sensación diferente, más fuerte: la sensación de extrema soledad. No tenía nada que hacer en Nueva York y, en aquella época, una persona ociosa en ninguna parte estaba más fuera de lugar que allí. Aún no existían los cines donde uno se pudiese distraer durante una hora, ni las pequeñas y cómodas cafeterías, ni tantas galerías de arte, bibliotecas y museos como hoy; en todo lo referente a la cultura los americanos iban muy a la zaga de nuestra Europa. Cuando, al cabo de dos o tres días, hube visitado fielmente los museos y monumentos principales, fui de un lado para otro por las heladas y ventosas calles como una barca sin timón. Al final, la sensación de lo absurdo de mi callejeo llegó a ser tan fuerte, que sólo logré vencerla haciéndomela más atractiva con una estratagema: inventé un juego conmigo mismo. Me dije que sería un vagabundo completamente solo, uno de los numerosos emigrantes que no sabían qué hacer y que sólo llevaría siete dólares en el bolsillo. Me dije: haz voluntariamente lo que éstos tienen que hacer a la fuerza. Imagínate que dentro de tres días, a lo más tardar, te ves obligado a ganarte la vida, ¡busca por los alrededores y mira cómo se las ingenian por aquí sin contratos ni amigos para ganarse un sueldo rápidamente! Dicho esto, empecé a ir de una oficina de colocación a otra y a estudiar los anuncios de trabajo pegados en las puertas. Aquí buscaban a un panadero, ahí a un auxiliar de oficina con conocimientos de francés e italiano y más allá a un dependiente de librería. Por lo menos este último trabajo era una primera oportunidad para mi yo imaginario. De modo que subí tres pisos por una escalera de caracol de hierro, me informé sobre el sueldo y lo comparé con los precios de alquiler de habitaciones en el Bronx que aparecían en los periódicos. Al cabo de dos días de “buscar trabajo” había encontrado, en teoría, cinco colocaciones que me hubieran servido para ir tirando; así comprobé, mucho mejor que callejeando, cuánto espacio, cuántas posibilidades ofrecía aquel joven país a alguien con ganas de trabajar, y eso me impresionó. Por otro lado, todas esas idas y venidas de una agencia a otra, mis visitas de presentación a las empresas, me permitieron formarme una idea de la excelsa libertad que reinaba en el país. Nadie me preguntó por mi nacionalidad ni mi religión ni mi origen, y eso que había viajado sin pasaporte (algo inimaginable para nuestro mundo actual, un mundo de huellas dactilares, visados e informes policiales). Pero allí había trabajo esperando a las personas; eso, y sólo eso, era determinante. El contrato se firmó en pocos minutos, sin la enojosa intervención del Estado, sin formalidades ni sindicatos, en aquellos tiempos de libertad ya legendaria. Gracias a las gestiones para “encontrar trabajo”, en aquellos primeros días aprendí más de América que en todas las semanas posteriores, durante las cuales recorrí, en calidad de turista despreocupado, Filadelfia, Boston, Baltimore y Chicago; excepto en Boston, donde pasé unas horas en sociedad, en casa de Charles Loeffler, que había puesto música a una serie de poemas míos, estuve solo todo el tiempo. En una sola ocasión irrumpió una sorpresa en el total anonimato de mi existencia. Aún recuerdo con gran claridad aquel momento. Estuve paseando por una ancha avenida de Filadelfia; me paré ante una gran librería para ver algo conocido al menos, algo que me fuera familiar, en el nombre de los autores. Me asusté. En el fondo a la izquierda del escaparate había seis o siete libros alemanes y desde uno de ellos me acometió mi nombre. Lo contemplé como hechizado y empecé a pensar. Algo mío, algo que iba a la deriva por aquellas calles extrañas, desconocido y no observado por nadie, ya había estado allí antes que yo, aparentemente sin motivo; el librero debió de escribir mi nombre en una lista para que el libro viajara diez días a través del océano. Por un momento desapareció la sensación de abandono. Y cuando, hace dos años, volví a pasar por Filadelfia, inconscientemente me puse a buscar de nuevo aquel escaparate.