Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Tal vez resulte difícil describir a la generación de hoy, que se ha criado en medio de catástrofes, ruinas y crisis y para la cual la guerra ha sido una posibilidad constante y una expectativa casi diaria, tal vez resulte difícil, digo, describirle el optimismo y la confianza en el mundo que nos animaba a los jóvenes desde el cambio de siglo. Cuarenta años de paz habían fortalecido el organismo económico de los países, la técnica había acelerado el ritmo de vida y los descubrimientos científicos habían enorgullecido el espíritu de aquella generación; había empezado un período de prosperidad que se hacía notar en todos los países de nuestra Europa casi con la misma fuerza. Las ciudades se volvían más bellas y populosas de año en año, el Berlín de 1905 ya no se parecía al que yo había conocido en 1901: aquella capital imperial se había convertido en una metrópoli y de nuevo se veía espléndidamente superada por el Berlín de 1910. Viena, Milán, París, Londres, Ámsterdam: cada vez que volvía uno allí, quedaba asombrado y se sentía feliz; las calles eran más anchas, más suntuosas; los edificios públicos, más imponentes; los comercios, más lujosos y elegantes. En todo se notaba cómo la riqueza crecía y se propagaba; incluso los escritores lo notábamos en las tiradas que, en un solo período de diez años, se multiplicaban por tres, por cinco y por diez. Por doquier surgían nuevos teatros, bibliotecas y museos; comodidades como el cuarto de baño y el teléfono, que antes habían sido privilegio de unos pocos, llegaban a los círculos pequeñoburgueses y, desde que se había reducido la jornada laboral, el proletario había ido subiendo desde abajo para participar, por lo menos, en las pequeñas alegrías y comodidades de la vida. El progreso se respiraba por doquier. Quien se arriesgaba, ganaba. Quien compraba una casa, un libro raro o un cuadro, veía cómo subía su precio; con cuanta mayor audacia y prodigalidad se creara una empresa, más asegurados estaban los beneficios. Al mismo tiempo una prodigiosa despreocupación había descendido al mundo, porque ¿quién podía parar ese avance, frenar ese ímpetu que no cesaba de sacar nuevas fuerzas de su propio empuje? Nunca fue Europa más fuerte, rica y hermosa; nunca creyó sinceramente en un futuro todavía mejor; nadie, excepto cuatro viejos arrugados, se lamentaba como antes diciendo que “los tiempos pasados eran mejores”.