Memorias de un europeo El mundo de ayer

Memorias de un europeo El mundo de ayer

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Pero no sólo las ciudades sino también las personas se hicieron más bellas y sanas gracias al deporte, a una mejor alimentación, a la jornada laboral más corta y a un contacto más íntimo con la naturaleza. Descubrieron que el invierno, antes una época triste y desabrida, desaprovechada por la gente que, malhumorada, jugaba a cartas en las tabernas o se aburría en habitaciones demasiado caldeadas, en la montaña era como un lagar de sol filtrado, como un néctar para los pulmones, un placer para la piel, la cual sentía por debajo cómo fluía la sangre a borbotones. Y los montes, los lagos y el mar ya no eran tan lejanos como antes. La bicicleta, el automóvil y los ferrocarriles eléctricos habían acortado las distancias y habían dado al mundo una nueva sensación de espacio. Los domingos, miles y miles de personas, con flamantes chaquetas sport, bajaban a toda velocidad por las laderas nevadas sobre esquís y trineos, por doquier surgían palacios de deportes y piscinas. Y justo en las piscinas se podía ver claramente el cambio: mientras que en mis tiempos de juventud llamaba la atención ver un cuerpo masculino realmente bien formado en medio de papadas, vientres gruesos y pechos hundidos, ahora figuras ágiles, curtidas por el sol, con la piel lisa gracias al deporte, rivalizaban entre sí en competiciones llenas de serenidad antigua. Salvo los más pobres, ya nadie se quedaba en casa los domingos; todos los jóvenes, entrenados en toda suerte de deportes, salían a caminar, escalar y luchar; quien tenía vacaciones, no las pasaba, como en tiempos de mis padres, cerca de la ciudad o, en el mejor de los casos, en las comarcas de Salzburgo; la gente sentía curiosidad por ver mundo, por comprobar si en todas partes había lugares tan bellos o de una belleza distinta; mientras que antes sólo los privilegiados salían al extranjero, ahora viajaban a Francia e Italia empleados de banco y pequeños industriales. Viajar era más barato y más cómodo y, sobre todo, la gente tenía otro coraje, una audacia nueva que la hacía más temeraria en las excursiones, menos miedosa y prudente en la vida; más aún: la gente se avergonzaba de tener miedo. La generación entera decidió hacerse más juvenil, todo el mundo, al contrario del mundo de mis padres, estaba orgulloso de ser joven; de pronto desaparecieron las barbas, primero entre los más jóvenes y, luego, entre los mayores, que imitaban a los primeros para no parecer viejos. La consigna era ser joven y vigoroso y dejarse de apariencias dignas y venerables. Las mujeres tiraron a la basura los corsés que les apretaban los pechos, renunciaron a las sombrillas y los velos, porque ya no temían al aire y al sol, se acortaron las faldas para poder mover mejor las piernas cuando jugaban a tenis y ya no se avergonzaban de dejarlas al descubierto y exhibirlas. Los hombres llevaban bombachos, las mujeres se atrevieron a montar a caballo como los hombres, nadie se tapaba ni se escondía de los demás. El mundo se había vuelto no sólo más bello, sino también más libre.


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