Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Fueron la salud y la confianza en sí misma de la generación posterior a la nuestra las que conquistaron esa libertad también para las costumbres. Por primera vez vi a muchachas saliendo de excursión con chicos sin institutriz y practicando deportes en una franca y confiada camaradería; ya no eran las tímidas mojigatas de antes, sabían lo que querían y lo que no. Liberadas del temeroso control de los padres, ganándose la vida como secretarias o funcionarias, se tomaron el derecho de moldear su vida a su antojo. La prostitución, la única institución del amor permitida en el viejo mundo, disminuyó visiblemente; gracias a esa nueva y sana libertad, toda forma de beatería se convirtió en pasada de moda. En las piscinas, cada vez más a menudo se fueron derribando las vallas de madera que hasta entonces habían separado implacablemente la sección de los hombres de la de las mujeres; hombres y mujeres ya no se avergonzaban de mostrar sus cuerpos; en aquellos diez años hubo más libertad, despreocupación y desenfado que en los cien años anteriores.