Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Y es que el mundo se movía a otro ritmo. Un año, ¡cuántas cosas pasaban en un año! Los inventos y descubrimientos se sucedían a una velocidad vertiginosa y no tardaban en convertirse en un bien común; las naciones sentían por primera vez que formaban parte de una colectividad, cuando se trataba de intereses comunes. El día en que el zepelín se elevó para emprender su primer viaje, yo me hallaba casualmente en Estrasburgo, de camino hacia Bélgica, y vi, en medio de los estruendosos gritos de la multitud, el dirigible planeando alrededor de la catedral como si quisiera inclinarse ante aquella obra milenaria. Aquella misma noche, ya estando yo en Bélgica, en casa de Verhaeren, llegó la noticia de que la nave se había estrellado en Echterdingen. Verhaeren tenía lágrimas en los ojos y estaba terriblemente conmocionado. Como belga no se sentía indiferente ante la catástrofe alemana, puesto que como europeo, como hombre de nuestro tiempo, era sensible tanto a la victoria común sobre los elementos como a la aflicción común. Lanzamos gritos de júbilo en Viena cuando Blériot sobrevoló el canal de la Mancha, como si fuera un héroe de nuestro país; el orgullo por los triunfos de nuestra ciencia y de nuestra técnica, que se sucedían hora tras hora, propició por primera vez un sentimiento europeo común, una conciencia nacional europea.