Memorias de un europeo El mundo de ayer

Memorias de un europeo El mundo de ayer

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Todavía no cundía el pánico, pero sí una inquietud que quemaba lenta, pero constante, siempre que sonaban disparos en los Balcanes, experimentábamos un cierto malestar. ¿Acabaría por sorprendernos la guerra, sin saber por qué ni para qué? Poco a poco, demasiado poco a poco, demasiado tímidamente, ¡como hoy sabemos!, se fueron concentrando las fuerzas antagónicas. Ahí estaba el Partido Socialista, millones de hombres en un lado y en el otro, que en sus programas decía “no” a la guerra; ahí estaban los poderosos grupos católicos bajo la dirección del Papa y algunos consorcios de composición internacional; ahí estaban unos pocos políticos sensatos que mostraron su repulsa ante aquellas maquinaciones subterráneas. Y también nosotros, los escritores, formábamos parte de las filas contrarias a la guerra, aunque, como siempre, de forma individual y aislada, en vez de formar una unidad compacta y decidida. Por desgracia, la actitud de la mayoría de intelectuales era de pasividad e indiferencia, porque, gracias a nuestro optimismo, el problema de la guerra, con todas sus consecuencias morales, aún no había penetrado en nuestro horizonte interior: en ninguno de los escritos importantes de los prohombres de la época se encuentra una sola exposición de principios ni un solo aviso arrebatado. Nos parecía que bastaba con pensar a escala europea y unirnos en una hermandad internacional, declararnos partidarios del ideal de un entendimiento pacífico dentro de nuestra esfera, que sólo de modo muy indirecto influía en el presente, y de una fraternidad espiritual por encima de lenguas y países. Y precisamente era la nueva generación la que se adhería con más entusiasmo a esa idea europea. En París, en el círculo próximo a mi amigo Bazalgette, encontré a un grupo de jóvenes que, al contrario de la generación anterior, rechazaba cualquier nacionalismo estrecho y cualquier imperialismo agresivo: Jules Romains, quien más adelante, durante la guerra, escribió su gran poema dedicado a Europa; y Georges Duhamel, Charles Vidrac, Durtain, René Arcos, Jean Richard Bloch, reunidos primero en la Abbaye y después en la Effort libre, que fueron apasionados paladines de un futuro europeísmo y que, como lo demostró la prueba de fuego de la guerra, se mostraron inalterables en su aversión hacia cualquier tipo de militarismo; he aquí una juventud intrépida, dotada de talento y moralmente decidida, como muy pocas veces ha engendrado Francia. En Alemania fue Werfel quien, con su Amigo del mundo, puso el acento lírico más intenso en la hermandad universal; René Schickele, a quien, como alsaciano, el destino había situado entre las dos naciones, trabajó fervientemente a favor de un entendimiento; desde Italia nos saludó como camarada G. A. Borghese; de las tierras escandinavas y eslavas nos llegaban voces de ánimo. “Pues, venga, va, venga a visitarnos”, me decía en una carta un gran escritor ruso. “Demostrad a los paneslavistas que nos quieren incitar a una guerra que vosotros, allí en Austria, no queréis.” ¡Ah, todos amábamos nuestra época, que nos llevaba sobre sus alas, todos amábamos, a Europa! Pero esa fe ingenua en la razón, de la que esperábamos que evitaría la locura en el último momento, fue a la vez nuestra única culpa. Cierto que no examinamos con suficiente desconfianza las señales escritas en la pared, pero ¿acaso no es propio de la juventud el no ser desconfiada, sino crédula? Confiábamos en Jaurés, en la Internacional Socialista, creíamos que los ferroviarios volarían las vías antes que cargar a sus camaradas hacia el frente como animales hacía el matadero, contábamos con que las mujeres se negarían a sacrificar a sus hijos y maridos al dios Moloc, estábamos convencidos de que la fuerza espiritual y moral de Europa triunfaría en el último momento crítico. Nuestro idealismo colectivo, nuestro optimismo condicionado por el progreso nos llevó a ignorar y despreciar el peligro.


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