Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Además, nos faltaba un organizador que uniera decididamente nuestras fuerzas latentes. Existía entre nosotros un solo hombre, uno solo, que lo advertía todo, que reconocía las señales desde lejos; pero, por extraño que pueda parecer, a pesar de que vivía entre nosotros, durante largo tiempo no supimos nada de él, de ese hombre que el destino nos había designado como guía. Fui muy afortunado al descubrirlo en el último momento, cosa que me costó lo mío porque, aunque vivía en pleno centro de París, se hallaba lejos de la foire sur la place. Si un día alguien emprende la tarea de escribir una historia íntegra y real de la literatura francesa del siglo XX, no podrá pasar por alto el sorprendente fenómeno de que los periódicos de París de aquella época elogiaban a todos los escritores y nombres imaginables, ignorando, en cambio, los de los tres más importantes o citándolos en contextos erróneos. Entre 1900 y 1914 nunca vi citado el nombre de Paul Valéry como escritor ni en Le Figaro ni en Le Matin; Marcel Proust pasaba por un pisaverde de salón y Romain Rolland por un musicólogo erudito; tenían casi cincuenta años cuando el primer tímido rayo de fama iluminó sus nombres y habían creado su gran obra en la sombra, en medio de la ciudad más curiosa e intelectual del mundo.