Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Fue una casualidad descubrir a Romain Rolland a tiempo. En Florencia una escultora rusa me había invitado a tomar un té para mostrarme sus obras y también para intentar hacerme un boceto. Me presenté en su casa a las cuatro en punto, olvidando que era rusa y que, por lo tanto, no tenía sentido del tiempo ni de la puntualidad. Una vieja babushka, que, según había oído, ya había sido nodriza de su madre, me acompañó al estudio, donde la cosa más pintoresca era el desorden, y me pidió que esperase. En total había allí cuatro esculturas pequeñas y en un par de minutos las tuve más que vistas. De modo que, para no perder el tiempo, cogí un libro o, mejor dicho, unos cuadernos parduzcos que estaban desperdigados por el estudio. Cahiers de la Quinzaine, se llamaban, y recordé que ya había oído antes ese título en París. Pero ¿quién podía seguir de cerca todas las revistillas que aparecían y desaparecían a lo largo y ancho del país como efímeras flores idealistas? Hojeé el volumen L'aube de Romain Rolland y empecé a leerlo, cada vez más asombrado e interesado. ¿Quién era aquel francés que conocía tan bien Alemania? Pronto agradecí a la bendita rusa su falta de puntualidad. Cuando finalmente apareció, mi primera pregunta fue: “¿Quién es ese Romain Rolland?”