Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Su polifacético saber avergonzaba a los demás; viviendo, de hecho, sólo con ojos de lector, dominaba la literatura, la filosofía, la historia, los problemas de todos los países y de todos los tiempos. Conocía la música hasta el último compás, estaba familiarizado incluso con las obras más distantes de Galuppi, de Telemann y también de músicos de sexta y séptima categoría, y al mismo tiempo participaba con ardor en todos los acontecimientos de la actualidad. En aquella modesta celda monacal el mundo se reflejaba como en una camera obscura. Desde el punto de vista de las relaciones humanas, había disfrutado de la confianza de los grandes de su época, había sido discípulo de Renan, huésped en casa de Wagner, amigo de Jaurés; Tolstói le había dirigido la famosa carta que, como humana confesión, acompaña dignamente su obra literaria. Noté allí, y eso siempre despierta en mí un sentimiento de felicidad, una superioridad humana, moral, una libertad interior sin orgullo, libertad como manifestación natural y evidente de un alma fuerte. A primera vista reconocí en él, y el tiempo me dio la razón al hombre que se convertiría en la conciencia de Europa en el momento decisivo. Hablamos de su Jean-Christophe. Rolland me contó que con aquel libro había tratado de cumplir con un triple deber: su gratitud hacia la música, su profesión de fe en la unidad europea y una llamada a los pueblos a la reflexión. Cada uno de nosotros debía influir ahora desde su lugar, desde su país, desde su lengua. Era el momento de estar alerta, cada vez más. Las fuerzas que empujaban hacia el odio eran, por su misma naturaleza vil, más vehementes y agresivas que las conciliadoras; además, se escondían tras ellas intereses económicos con menos escrúpulos que los nuestros. El absurdo se había puesto visiblemente manos a la obra y luchar contra él era incluso más importante que nuestro arte. La aflicción por la fragilidad de la estructura terrenal me resultó doblemente conmovedora en un hombre que en toda su obra había celebrado la inmortalidad del arte.