Memorias de un europeo El mundo de ayer

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Los días memorables de la vida tienen una luminosidad más intensa que los normales. Por eso recuerdo con extraordinaria claridad aquella primera visita. Por una estrecha escalera de caracol, subí cinco pisos de una sencilla casa cercana al bulevar de Montparnasse, y ya ante la puerta noté un silencio especial; el rumor del bulevar se oía tan poco como el viento que, bajo las ventanas, rozaba los árboles del jardincillo de un viejo convento. Rolland me abrió la puerta y me condujo a su pequeño gabinete, repleto de libros hasta el techo. Vi por primera vez sus ojos azules, extrañamente luminosos, los ojos más claros y a la vez más bondadosos que he visto nunca en una persona, unos ojos de esos que durante la conversación extraen fuego y color de los sentimientos más profundos, se ensombrecen con la tristeza, se ahondan con la meditación y centellean con la emoción; aquellas pupilas únicas entre unos párpados un poco demasiado cansados, ligeramente enrojecidas de tanto leer y velar, que eran capaces de resplandecer con una luz benévola y comunicativa. Examiné su figura con una cierta timidez. Muy alto y delgado, andaba un tanto encorvado, como si las incontables horas pasadas ante el escritorio le hubiesen doblado la espalda; su aspecto era enfermizo a causa de los rasgos muy pronunciados del rostro y de un color de piel muy pálido. Hablaba en voz muy baja y en todos los demás aspectos mostraba un sumo cuidado de su cuerpo; casi nunca salía a pasear, comía poco, no bebía ni fumaba y evitaba cualquier esfuerzo físico, pero más adelante tuve que reconocer con admiración el enorme aguante de aquel cuerpo ascético y la gran capacidad de trabajo intelectual que se escondía tras aquella aparente fragilidad. Escribía durante horas y horas en un pequeño escritorio colmado de libros y papeles, leía durante horas y horas en la cama, no concedía a su cuerpo fatigado más de cuatro o cinco horas de sueño y el único esparcimiento que se permitía era la música; tocaba el piano de maravilla, con una pulsación delicada que nunca olvidaré, acariciando las teclas, como si no quisiera arrancarles las notas por la fuerza, sino a base de caricias. Ningún otro virtuoso de la música, y debo decir que he oído tocar en la intimidad a Max Reger, a Busoni y a Bruno Walter, me ha causado tal sensación de comunicación inmediata con los admirados maestros.


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