Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Lo primero que hice en París fue recabar información acerca de él, recordando las palabras de Goethe: “Él ha aprendido, él puede enseñarnos.” Pregunté por él a los amigos. A Verhaeren le pareció recordar un drama, Los lobos, que se había representado en el socialista Théâtre du Peuple. Bazalgette, a su vez, había oído que Rolland era musicólogo y habría escrito un librito sobre Beethoven; en el catálogo de la Biblioteca Nacional encontré una docena de obras sobre música antigua y moderna y siete u ocho dramas: todo ello publicado por pequeñas editoriales o en los Cahiers de la Quinzaine. Finalmente, con el propósito de encontrar un punto de contacto, le envié un libro mío. No tardé en recibir una carta que me invitaba a su casa y así inicié una amistad que, junto con la de Freud y la de Verhaeren, resultó la más fecunda de mi vida y, en algunos momentos, incluso decisiva.