Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Esto ocurría en el año 1913. Fue la primera conversación que me hizo comprender que nuestro deber no consistía en hacer frente, sin preparación y cruzados de brazos, a la perspectiva, posible a pesar de todo, de una guerra europea; después, en el momento decisivo, nada dio a Rolland una superioridad moral tan evidente sobre todos los demás como el hecho de que ya de antemano había fortalecido dolorosamente su espíritu. Los de nuestro círculo también habíamos hecho algo; yo había traducido mucho, había llamado la atención sobre los escritores vecinos, en 1912 había acompañado a Verharen en una gira de conferencias por toda Alemania que se convirtió en una manifestación de hermandad franco-alemana; en Hamburgo, Verhaeren y Dehmel, el gran poeta francés y el gran poeta alemán, se abrazaron públicamente. Había convencido a Reinhardt para que dirigiera el nuevo, drama de Verhaeren, nuestra colaboración a ambos lados no había sido nunca tan cordial, intensa e impulsiva, y en muchos momentos de entusiasmo fuimos víctimas de la ilusión de haber mostrado al mundo el camino recto y salvador. Pero el mundo se interesaba muy poco por semejantes manifestaciones literarias y seguía su pernicioso camino. Cualquier chisporroteo eléctrico en el maderamen producía fricciones invisibles, la chispa saltaba a cada momento (el asunto Zabern, la crisis de Albania, una entrevista mal llevada), sólo una, pero capaz de hacer estallar todo el material explosivo acumulado. Sobre todo en Austria notábamos que nos hallábamos en el centro de la zona de agitación. En el año 1910 el emperador Francisco José había superado su octogésimo aniversario. No podía durar mucho más aquel anciano convertido ya en un símbolo, y empezó a propagarse un sentimiento místico, un estado de ánimo nacido de la idea de que, tras su fallecimiento, el proceso de disolución de la milenaria monarquía sería imparable. En el interior crecía la presión entre las distintas nacionalidades y en el exterior, Italia, Serbia, Rumanía y, hasta cierto punto, incluso Alemania esperaban repartirse el imperio. La guerra de los Balcanes, donde Krupp y Schneider-Creusot probaban sus respectivos cañones contra “material humano” extranjero, del mismo modo que lo harían más adelante los alemanes e italianos con sus aviones en la Guerra Civil española, nos arrastraba cada vez más hacia una corriente que se precipitaba desde lo alto de una catarata. La gente vivía de sobresalto en sobresalto, para después, empero, volver a respirar aliviada: “Esta vez todavía no. ¡Y esperemos que nunca!”