Memorias de un europeo El mundo de ayer

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Sólo había una salida: recogerse en sí mismo y callar mientras los demás delirasen y vociferasen. No era fácil, porque ni siquiera vivir en el exilio, y yo lo he conocido hasta la saciedad, es tan malo como vivir solo en la patria. En Viena me había distanciado de los amigos de antes y no era el momento para hacer nuevas amistades. Mantuve algunas conversaciones únicamente con Rainer Maria Rilke, porque nos comprendíamos íntimamente. También a él conseguimos reclamarlo para nuestro solitario archivo de guerra, pues habría sido la persona más inútil como soldado a causa de sus nervios hipersensibles, a los que la suciedad, los malos olores y los ruidos causaban un auténtico malestar físico. Cada vez que lo recuerdo vestido de uniforme, sonrío sin querer. Un día llamaron a la puerta. Al abrirla me encontré con un soldado de lo más tímido. Tuve un sobresalto. ¡Rilke, Rainer Maria Rilke disfrazado de militar! Tenía una pinta de desmañado que llegaba al corazón: encogido por el cuello duro y desconcertado ante la idea de tener que saludar con un taconazo a cualquier oficial que encontrara. Y puesto que se sentía mágicamente impelido hacia la perfección, incluso en medio de las fútiles formalidades del reglamento, se hallaba en un permanente estado de consternación.




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