Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer ―Detesto la ropa militar desde la escuela de cadetes ―me dijo con su suave voz―. CreÃa que me habÃa librado de ella para siempre y fÃjate, ahora, a los casi cuarenta años, tengo que volver a ponérmela.
Por suerte habÃa manos dispuestas a ayudarlo y protegerlo y pronto lo licenciaron gracias a una benévola revisión médica. Regresó a mi despacho para despedirse, ahora ya vestido de paisano (casi habrÃa tenido que decir que entró como un hálito, de tan silenciosamente como caminaba siempre). También venÃa para darme las gracias porque, a través de Rolland, yo habÃa intentado salvar su biblioteca, confiscada en ParÃs. Por primera vez ya no parecÃa joven: era como si el pensamiento del horror le hubiera consumido.
―Me voy al extranjero ―dijo―. ¡Ojala todo el mundo pudiera irse al extranjero! La guerra es siempre una prisión.
Y se fue. Y yo volvÃa a estar solo.
Al cabo de unas semanas me mudé de casa. Decidido a eludir aquella peligrosa psicosis colectiva, me trasladé a un suburbio rural para, en medio de la guerra, empezar mi guerra personal: la lucha contra la traición de la razón, entregada a la pasión colectiva del momento.