Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer En realidad no sirvió de nada recluirme. La atmósfera seguía siendo opresiva. Y por eso mismo comprendí que no bastaba con una actitud meramente pasiva, con no tomar parte en los burdos insultos contra el enemigo. Al fin y al cabo, uno era escritor, tenía la palabra y, por lo tanto, la obligación de expresar sus convicciones, aunque sólo fuese en la medida en que le era posible en una época de censura. Escribí un artículo titulado “A los amigos en tierra extraña” en el que, rehuyendo clara y rotundamente las fanfarrias de odio de los demás, confesaba que me mantendría fiel a todos mis amigos del extranjero, aunque de momento fuera imposible establecer contacto con ellos, con el fin de seguir trabajando conjuntamente, a la primera oportunidad, en la construcción de una cultura europea. Lo mandé al periódico alemán más leído. Con gran sorpresa mía, el Berliner Tageblatt no dudó en publicarlo íntegro. Sólo una frase, “sea quien sea al que corresponda la victoria”, fue víctima de la censura, porque entonces no se toleraba ni la más pequeña duda de que Alemania saldría victoriosa, por supuesto, de aquella guerra mundial. Pero, incluso con esta restricción, el artículo me granjeó algunas cartas indignadas de lectores ultra patriotas que no comprendían cómo, en los tiempos que corrían, alguien podía hacer causa común con aquellos miserables enemigos. No me molestó demasiado. Nunca en mi vida había tenido la intención de convertir a los demás a mis convicciones. Me bastaba con manifestarlas y, sobre todo, poderlas manifestar claramente.
