Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Entre todos los recuerdos extraviados, lo que más me apena es no disponer de las cartas de Rolland de aquellos años; la idea de que se destruyeran o se perdieran irremisiblemente en aquel nuevo diluvio me pesa como una responsabilidad, porque, prescindiendo del gran afecto que siento por su obra, considero posible que un día cuenten entre las páginas más bellas y humanas que se desprendieron de su gran corazón y su apasionada inteligencia. Escritas desde la desmesurada conmoción de un alma compasiva y con toda la fuerza de una exasperación impotente a un amigo del otro lado de la frontera, por lo tanto oficialmente a un “enemigo”, quizá constituyan los documentos morales más conmovedores de una época en la que comprender exigía un esfuerzo enorme y permanecer fiel a las propias convicciones requería un coraje inmenso. Esta correspondencia entre amigos pronto cristalizó en una propuesta concreta: Rolland me alentaba para que intentásemos invitar a los intelectuales más importantes de todas las naciones a una conferencia conjunta en Suiza, a fin de alcanzar una posición más digna y unitaria, y quizás incluso a lanzar una llamada solidaria al entendimiento mundial. Él, desde Suiza, se ocuparía de invitar a los intelectuales franceses y extranjeros, y yo, desde Austria, sondearía a los escritores patrios y alemanes que todavía no se hubiesen comprometido públicamente con la propaganda del odio. Me puse inmediatamente manos a la obra. El escritor alemán más importante y representativo de entonces era Gerhart Hauptmann. Ya que, para facilitarle tanto el “sí” como el “no”, quería evitar abordarlo directamente, escribí a nuestro común amigo Walther Rathenau, pidiéndole que sondeara a Hauptmann de manera discreta y confidencial. Rathenau rehusó el encargo, no sé si de acuerdo o no con Hauptmann, diciendo que no era el momento de fomentar una paz espiritual. En realidad, allí se abortó la tentativa, pues Thomas Mann se hallaba entonces en campo contrario y, en un artículo sobre Federico el Grande, acababa de adoptar el punto de vista de los derechos alemanes. Rilke, a quien yo sabía a nuestro favor, se inhibía por principio de toda acción pública y colectiva. El antiguo socialista Dehmel firmaba las cartas, con un infantil orgullo patriótico, como “teniente Dehmel”. En cuanto a Hofmannsthal y Jakob Wassermann, en conversaciones privadas me había convencido de que tampoco se podía contar con ellos. De modo, pues, que no había muchas esperanzas por parte alemana, y Rolland tampoco tuvo demasiado éxito en Francia. En 1914 y en 1915 era demasiado pronto todavía, y la guerra parecía demasiado lejana a los hombres de la retaguardia. Estábamos solos.