Memorias de un europeo El mundo de ayer

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Ahora bien, para poder describir la guerra en una síntesis literaria me faltaba, si bien se mira, lo más importante: verla. Hacía casi un año que estaba anclado en aquella oficina y “lo más importante”, la realidad y la atrocidad de la guerra, ocurría en una lejanía invisible. Varias veces se me había presentado la ocasión de ir al frente: periódicos importantes me habían pedido por tres veces que me fuera con el ejército como corresponsal. Pero cualquier descripción de la guerra habría implicado la obligación de presentarla en un sentido exclusivamente positivo y patriótico, y yo me había jurado (un juramento que mantuve también en 1940) no escribir jamás una palabra que aprobara la guerra o desacreditara a otra nación. Y entonces surgió casualmente una oportunidad. La gran ofensiva austro-alemana había cruzado las líneas rusas cerca de Tarnów en la primavera de 1915 y había conquistado Galitzia y Polonia en un solo ataque masivo. Para su biblioteca, el Archivo Militar quería reunir los originales de todos los anuncios y proclamas rusos en suelo austríaco ocupado, antes de que los arrancaran y destruyeran. El coronel, que conocía mi técnica de coleccionista, me preguntó si quería ocuparme de esta misión; naturalmente aproveché la oportunidad en el acto y me expidieron un pasaporte para que, sin depender de ninguna autoridad en especial ni estar a las órdenes de ninguna administración ni de ningún superior, pudiera viajar en cualquier tren militar y moverme libremente por donde quisiera, una cosa que provocó incidentes de lo más singular, porque yo no era oficial, sino sólo sargento primero y vestía un uniforme sin insignias especiales. Cuando mostraba mi misterioso documento, suscitaba un respeto extraordinario, pues los oficiales y funcionarios del frente sospechaban que yo era un oficial del estado mayor disfrazado o, si no, que tenía alguna misión secreta. Pero como evitaba el comedor de oficiales y sólo me alojaba en hoteles, obtuve, además, el privilegio de mantenerme fuera de la gran maquinaria y de poder ver, sin “guía” alguno, todo lo que quería ver.


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