Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer La misión propiamente dicha, la de reunir proclamas, no me supuso demasiado trabajo. En cuanto llegaba a una de aquellas ciudades de Galitzia-Tarnów, Drohobycz o Lemberg, encontraba en la estación a un grupo de judíos, llamados “factores”, cuyo oficio consistía en proporcionarle a uno todo lo que quería; bastaba con decir a uno de estos expertos en todo que buscaba proclamas y avisos de la ocupación rusa para que el “factor” corriera como una comadreja y transmitiera el encargo, por vías misteriosas, a docenas de “subfactores”; al cabo de tres horas, y sin que yo hubiera tenido que dar ni un solo paso, tenía reunido el material en la colección más completa y perfecta que cabía imaginar. Gracias a esta organización modélica, me quedaba tiempo para ver cosas, y vi muchas. Vi, sobre todo, la terrible miseria de la población civil, sobre cuyos ojos aún se cernía como una sombra todo lo que había tenido que sufrir. Vi la miseria, jamás sospechada, de la población judía hacinada en los guetos, donde entre diez y doce personas vivían en una sola habitación de planta baja o del sótano. Y por primera vez vi al “enemigo”. En Tarnów tropecé con el primer transporte de soldados rusos hechos prisioneros. Sentados en el suelo, permanecían encerrados en un gran cuadrilátero, fumando y charlando, vigilados por dos o tres docenas de soldados tiroleses de la milicia nacional, tirando a viejos, la mayoría con barba, que iban tan andrajosos y descuidados como los mismos prisioneros y poco se parecían a los soldados elegantes, bien afeitados y con lustrosos uniformes que aparecían en los periódicos ilustrados de nuestro país. Pero aquella vigilancia carecía en absoluto de un aire marcial o draconiano. Los prisioneros no mostraban deseo alguno de huir y los milicianos austríacos tampoco parecían inclinados a tomarse con demasiado rigor su misión de guardianes. Se sentaban con los prisioneros como buenos camaradas y como no se podían entender en sus respectivas lenguas, todos ellos se divertían soberanamente. Intercambiaban cigarrillos, miradas y risas. Uno de los tiroleses acababa de sacar de una pringosa cartera las fotografías de su mujer y sus hijos y las mostraba a los “enemigos”, que las admiraban por turno y, señalando con los dedos, preguntaban si tal o tal niño tenía tres o cuatro años. Me embargó la irresistible sensación de que aquellos hombres sencillos y primitivos comprendían mejor la guerra que nuestros escritores y catedráticos de universidad, a saber: como una desgracia que les había sobrevenido y contra la cual nada podían hacer, y por eso mismo, todo el que sufría aquel infortunio era como un hermano. Ese descubrimiento me sirvió de consuelo durante todo el viaje, cuando pasaba por ciudades destruidas por los cañones y delante de comercios saqueados cuyos muebles yacían esparcidos en mitad de la calle como miembros amputados y entrañas arrancadas. Asimismo, los campos sembrados y exuberantes que se extendían entre las zonas de guerra hicieron que renaciera en mí la esperanza de que, al cabo de pocos años, habrían desaparecido todos los destrozos. Entonces aún no me podía imaginar, claro está, que con la misma rapidez con que desaparecían de la faz de la tierra las huellas de la guerra, también podía desaparecer el recuerdo de su horror de la memoria de los hombres.