Memorias de un europeo El mundo de ayer

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En los primeros días aún no había conocido el auténtico horror de la guerra; después, su rostro superó mis peores temores. Como prácticamente no circulaba ningún tren regular de pasajeros, viajaba ya en un carro de artillería abierto, sentado sobre el armón de un cañón, ya en uno de aquellos vagones de ganado donde dormían hombres muertos de cansancio, hacinados en confuso revoltijo en medio de un hedor nauseabundo y que, mientras los conducían al matadero, ya parecían animales sacrificados. Pero el medio de transporte más terrible lo constituían los trenes hospital, que tuve que utilizar dos o tres veces. ¡Ah, qué poco se parecían a aquellos trenes sanitarios bien iluminados, blancos y perfectamente lavados en que al comienzo de la guerra se dejaban retratar las archiduquesas y las damas distinguidas de la sociedad vienesa, vestidas de enfermeras! Lo que me tocó ver a mí, horripilado, eran vulgares vagones de carga sin ventanas, con tan sólo una estrecha claraboya, e iluminados por dentro con una lámpara de aceite cubierta de hollín. Literas primitivas, una al lado de otra, ocupadas todas por hombres de mortal lividez, que gemían y sudaban y jadeaban en busca de aire en el espeso hedor a excrementos y yodoformo. Los sanitarios, más que andar, se tambaleaban, de tan exhaustos como estaban; por ninguna parte se veía la ropa de cama de un blanco resplandeciente de las fotografías. Los hombres estaban tumbados sobre paja o literas duras, cubiertos con mantas manchadas de sangre vieja, y en cada uno de los vagones ya había dos o tres muertos entre los moribundos y gemebundos. Hablé con el médico, el cual, como él mismo me confesó, en realidad sólo era dentista de una pequeña ciudad húngara y no ejercía la cirugía desde hacía años. Estaba desesperado. Me dijo que había telegrafiado a siete estaciones pidiendo morfina, pero que ya no quedaba en ninguna parte, y que tampoco disponía de algodón y vendas limpias para las veinte horas de viaje que faltaban para llegar al hospital de Budapest. Me pidió que lo ayudara, porque su personal, exhausto, ya no daba más de sí. Lo intenté, dentro de mi inevitable ineptitud, pero al menos pude serle útil bajando del tren en cada estación para ayudar a acarrear cubos de agua, agua sucia y mala que en realidad estaba destinada para la locomotora, pero que ahora servía de alivio a la gente que así podía lavarse un poco siquiera y fregar la sangre que constantemente goteaba al suelo.


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