Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer A todo eso se añadía una complicación personal para los soldados (hombres de todas las nacionalidades imaginables, amontonados en aquel ataúd ambulante) a causa de la confusión babélica de lenguas. Ni el médico ni los enfermeros comprendían el ruteno ni el croata; el único que los podía ayudar un poco era un sacerdote mayor y encanecido que, al igual que el médico, estaba desesperado por la falta de morfina y se lamentaba, profundamente trastornado, de no poder cumplir con su sagrado deber de administrar la extremaunción porque no disponía de los santos óleos. En toda su vida no había “sacramentado” a tantas personas como en aquel último mes. Y de él oí unas palabras que nunca he olvidado, pronunciadas con voz dura y airada:
―Tengo sesenta y siete años y he visto muchas cosas. Pero nunca habría creído posible semejante crimen contra la humanidad.