Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer El tren hospital en que regresé llegó a Budapest a primeras horas de la mañana. Me dirigí en seguida a un hotel, ante todo para dormir; el único asiento que había tenido en el tren había sido mi maleta. Agotado como estaba, dormí hasta alrededor de las once y luego me vestí deprisa para ir a desayunar. Pero, ya después de los primeros pasos, tuve la sensación de que debía frotarme los ojos constantemente para comprobar si no soñaba. Era uno de esos días radiantes en que por la mañana todavía es primavera y al mediodía ya verano, y Budapest aparecía bella y despreocupada como nunca. Las mujeres, con vestidos blancos, paseaban del brazo de oficiales que de pronto se me antojaron sacados de un ejército completamente distinto al que había visto uno o dos días antes. Con el hedor de yodoformo del transporte de heridos todavía en la ropa, la boca y la nariz, observé cómo compraban violetas para obsequiar con ellas galantemente a las damas, cómo coches impecables recorrían las calles, llevando a caballeros bien afeitados y con trajes igual de impecables. ¡Y todo ello a ocho o nueve horas en tren del frente! Pero, ¿tenía derecho alguien a acusar a aquellas gentes?