Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer ¿Acaso no era la cosa más natural del mundo que vivieran y trataran de disfrutar de la vida? Quizá con la sensación de que todo estaba amenazado, recogían a toda prisa todo lo que aún quedaba para recoger, unos pocos vestidos buenos, ¡las últimas horas buenas! Precisamente cuando uno había visto lo frágil y destructible que es el hombre, cuya vida puede ser destrozada por un pedazo de plomo en una milésima de segundo, con todos sus recuerdos, conocimientos y éxtasis, comprendía que una mañana como aquella reuniera a miles de personas cerca del luminoso río para ver el sol, sentirse vivas, sentir la propia sangre y la propia vida con fuerzas quizá renovadas. Ya casi había logrado reconciliarme con lo que al principio me había asustado, cuando por desgracia el servicial camarero me trajo un periódico vienés. Intenté leerlo, pero entonces me asaltó una sensación de asco en forma de auténtica ira. Estaban ahí todas las frases sobre la irreductible voluntad de victoria, sobre las pocas bajas de nuestras tropas y las muchas del enemigo. ¡Desde aquellas páginas me acometió, desnuda, enorme y desvergonzada, la mentira de la guerra! No, los culpables no eran los paseantes, los indolentes y los despreocupados, sino única y exclusivamente aquellos que con sus palabras instigaban a la guerra. Pero también lo éramos nosotros, si no dirigíamos contra ellos las nuestras.