Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer A todo ello se añadió el hecho de que, mientras los austríacos, en medio de la caída de los valores, perdían el sentido de la medida, muchos extranjeros se habían dado cuenta de que en Austria se podía pescar en río revuelto. Durante la inflación (que duró tres años y a un ritmo cada vez más acelerado) lo único que conservó un valor estable dentro del país fue la moneda extranjera. Como las coronas austríacas se fundían entre los dedos como gelatina, todo el mundo quería francos suizos o dólares norteamericanos y una multitud de extranjeros aprovechó la coyuntura para pegar un mordisco al cadáver todavía palpitante de la corona austríaca. “Descubrieron” Austria, y el país vivió una fatal temporada de “turismo” extranjero. Los hoteles de Viena estaban llenos a rebosar de esos buitres; lo compraban todo, desde cepillos de dientes hasta fincas rústicas, vaciaban las colecciones de particulares y las tiendas de anticuarios antes de que sus propietarios, acosados por el aprieto en que se hallaban, se dieran cuenta de que los estafaban y les robaban. Insignificantes porteros de hotel suizos y estenotipistas holandeses vivían en los principescos apartamentos de los hoteles del Ring. Por increíble que parezca, puedo confirmar como testigo que el famoso hotel de lujo “L'Europe” de Salzburgo fue alquilado durante mucho tiempo por obreros ingleses sin trabajo que, gracias al sustancioso subsidio de paro inglés, llevaban una vida más barata aquí que en los barrios bajos de su país. Todo lo que no estaba clavado o remachado desaparecía; la noticia de que en Austria se podía vivir y comprar barato no tardó en propagarse y no cesaban de llegar nuevos clientes de Suecia y Francia; en las calles del centro de Viena se oía hablar más italiano, francés, turco y rumano que alemán. Incluso Alemania, donde al principio la inflación siguió un ritmo mucho más lento (aunque después superó la nuestra un millón de veces), aprovechó su marco en contra de la corona que se derretía poco a poco. Salzburgo, como ciudad fronteriza, me brindó una ocasión óptima para observar aquellas incursiones diarias. A centenares y miles llegaban los bávaros de los pueblos y ciudades vecinos e inundaban la pequeña ciudad austríaca. Aquí se hacían tallar los vestidos y reparar los automóviles, iban a la farmacia y al médico; grandes empresas de Munich enviaban cartas y telegramas al extranjero desde Austria para beneficiarse de las diferencias de franqueo. A la larga, por iniciativa del gobierno alemán, se estableció una vigilancia de fronteras para evitar que se compraran los artículos de primera necesidad en Salzburgo, más barata, en lugar de hacerlo en los comercios locales, ya que, después de todo, un marco costaba setenta coronas, y en la aduana se confiscaban sin miramientos los artículos procedentes de Austria. Pero había un producto que no se podía confiscar: la cerveza que cada uno llevaba en el cuerpo. Los bávaros, grandes bebedores de cerveza, consultaban cada día la lista de las cotizaciones y calculaban si, debido a la depreciación de la corona, podían beber en Salzburgo cinco, seis o diez litros de cerveza por el mismo precio que debían pagar por uno en casa. Era imposible imaginar una tentación más espléndida y así, de las vecinas poblaciones de Freilassing y Reichenhall partían grupos de hombres con mujeres e hijos para permitirse el lujo de ingerir tanta cerveza como su barriga pudiera contener. Cada noche la estación ofrecía un pandemónium de grupos de gente bebida que berreaba, eructaba y vomitaba; los que iban demasiado bebidos ―y eran muchos― tenían que ser transportados a los vagones en las carretillas que normalmente se utilizaban para el equipaje, antes de que el tren, desbordante de gritos y cantos báquicos, los devolviera a su país. Naturalmente los alegres bávaros no sospechaban que les esperaba una terrible revancha, pues cuando la corona se estabilizó y, en cambio, el marco cayó en picado hasta alcanzar una inflación de proporciones astronómicas, fueron los austríacos los que, desde la misma estación, pasaron al otro lado para emborracharse a bajo precio, y se repitió el mismo espectáculo, pero en dirección contraria. Aquella guerra de la cerveza en medio de las dos inflaciones forma parte de mis recuerdos más singulares, puesto que muestra en miniatura y de un modo plástico, grotesco, aunque quizá también de la forma más meridiana posible, el carácter demencial de aquellos años.