Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Lo más curioso de todo es que hoy no recuerdo, por más que lo intente, cómo administrábamos la casa durante aquellos dÃas ni de dónde sacaba la gente, en Austria, los miles y miles de coronas, y después en Alemania los millones de marcos, que hacÃan falta diariamente sólo para vivir. Y sin embargo, lo misterioso del caso es que la gente los tenÃa. La gente se acostumbró, se adaptó al caos. Lógicamente, un forastero que no hubiera vivido aquella época ―cuando en Austria un huevo costaba tanto como antes un automóvil de lujo o después, en Alemania, cuatro mil millones de marcos (tanto como, más o menos, antes el precio de todas las casas del Gran BerlÃn)― se habrÃa imaginado que las mujeres iban desgreñadas como locas por la calle, que las tiendas estaban desiertas porque nadie podÃa ya comprar nada y que, sobre todo, los teatros y los locales de diversión estaban completamente vacÃos. Lo asombroso del caso, sin embargo, es que era todo lo contrario. La voluntad de seguir viviendo resultó más fuerte que la inestabilidad del dinero. En medio del caos financiero la vida diaria seguÃa su curso casi inalterado. En el ámbito personal sà se produjeron cambios: los ricos se volvieron pobres, porque el dinero se les derretÃa en los bancos o en los fondos públicos, y los especuladores se hicieron ricos. Pero la rueda continuaba girando al mismo ritmo, indiferente al destino de los individuos; nada se detenÃa: el panadero cocÃa el pan, el zapatero remendaba zapatos, el escritor escribÃa libros, el campesino cultivaba la tierra, los trenes circulaban con regularidad, el periódico estaba todos los dÃas a la misma hora delante de la puerta y precisamente los locales de diversión, los bares y los teatros estaban llenos a rebosar. Y todo porque, gracias al inesperado hecho de que la cosa antaño más estable, el dinero, perdiera valor cada dÃa, la gente empezó a apreciar cada vez más los auténticos valores de la vida: el trabajo, el amor, la amistad, el arte y la naturaleza, y porque todo el pueblo vivÃa con más intensidad e interés que nunca en medio de la calamidad; chicos y chicas salÃan de excursión a la montaña y regresaban bronceados, en las salas de baile habÃa música hasta muy avanzada la noche, por doquier se abrÃan nuevas fábricas y negocios; ni yo mismo creo haber vivido y trabajado nunca más intensamente que durante aquellos años. Lo que antes nos parecÃa importante, ahora lo era todavÃa más; nunca en Austria habÃamos amado tanto el arte como en aquellos años de caos, porque, traicionados por el dinero, nos dábamos cuenta de que sólo lo eterno que llevamos dentro es lo realmente estable.