Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Por ejemplo, nunca olvidaré una función de ópera de aquellos días de extrema miseria. Uno andaba a tientas por la calle medio oscura, porque el alumbrado había sido restringido por falta de carbón, pagaba su entrada de gallinero con un fajo de billetes que antes habrían bastado para el abono anual de un palco de lujo, se sentaba en su localidad con el abrigo puesto porque en la sala no había calefacción y se apretujaba contra sus vecinos para entrar en calor. ¡Y cuán triste y gris era aquella sala que antaño había resplandecido con uniformes y preciosos vestidos de noche! Nadie sabía si la semana siguiente volvería a haber ópera si el dinero seguía devaluándose y los envíos de carbón fallaban aunque fuera una sola semana; todo parecía doblemente desesperado en aquella casa de lujo y exuberancia imperial. Los músicos convertidos también en grises sombras, estaban sentado ante sus atriles con sus viejos y gastados fracs, extenuados y consumidos por tantas privaciones, y también nosotros parecíamos fantasmas en aquella casa que se había vuelto fantasmagórica. Pero entonces el director levantó la batuta, se alzó el telón y todo fue espléndido como nunca. Todos los cantantes, todos los músicos, dieron lo mejor de sí mismos, porque sabían que podía ser la última vez que actuaban en aquella sala tan querida. Y nosotros escuchábamos atentos y receptivos como nunca, porque podía ser la última vez. Así vivimos todos, miles, centenares de miles; todo el mundo hizo un esfuerzo supremo en aquellas semanas, meses y años, a un paso de la ruina. Nunca había sentido en un pueblo y en mí mismo una voluntad tan firme de vivir como entonces, cuando estaba en juego lo más importante: la existencia, la supervivencia.