Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Al día siguiente estaba en Milán; de nuevo vi la catedral y me paseé por la Galleria. Era un alivio oír la querida música de las vocales italianas, orientarse con tanta seguridad por todas las calles y disfrutar del extranjero como de algo familiar. Al pasar a su lado, vi en un gran edificio el letrero Corriere della Sera. De repente me acordé de que en esa redacción tenía un cargo directivo mi amigo G. A. Borghese, aquel Borghese en cuya compañía, y junto con el conde Keyserling y Benno Geiger, había pasado tantas veladas, animadas por charlas intelectuales en Berlín y Viena. Era uno de los mejores y más apasionados escritores de Italia, ejercía una extraordinaria influencia sobre los jóvenes y, a pesar de ser el traductor de Las tribulaciones del joven Werther y un fanático de la filosofía alemana, durante la guerra había adoptado una posición decidida en contra de Alemania y Austria y, al lado de Mussolini (con quien más tarde se enemistó), había incitado a la guerra. Durante toda la contienda me había resultado extraño pensar que un viejo camarada se hallaba en el lado contrario como intervencionista; con tanta mayor ansia sentía ahora la necesidad de ver a este “enemigo”. Así que le dejé mi tarjeta con la dirección del hotel anotada en el dorso. Pero todavía no había llegado al final de la escalera cuando noté que alguien se precipitaba detrás de mí con el rostro resplandeciente de alegría: era Borghese; al cabo de cinco minutos hablábamos con la misma cordialidad de siempre. También él había aprendido cosas de aquella guerra y, a pesar de pertenecer a orillas diferentes, nos encontrábamos más cerca que nunca.