Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Lo mismo ocurrió en todas partes. Andando yo por una calle de Florencia, mi viejo amigo Albert Stringa se me echó al cuello y me abrazó con tanta fuerza y brusquedad que mi mujer, que iba conmigo y no lo conocía, pensó que aquel desconocido con barba quería atentar contra mí. Todo era como antes. No: todavía era más cordial. Volvía a respirar: la guerra estaba enterrada, la guerra había pasado.