Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Pero no había pasado. Sólo que nosotros no lo sabíamos. Todos nos engañábamos con nuestra buena fe y confundíamos nuestra buena disposición personal con la del mundo. Pero no debemos avergonzarnos de ese error, pues no menos que nosotros se engañaron políticos, economistas y banqueros que confundieron la engañosa coyuntura de aquellos años con un saneamiento económico y el cansancio con la pacificación. En realidad la lucha no había hecho otra cosa que desplazarse del campo nacional al social; y ya en los primeros días fui testigo de una escena que sólo más tarde comprendí en todo su alcance. En Austria, de la política italiana no sabíamos más que, con el desencanto de después de la guerra, en el país habían penetrado tendencias marcadamente socialistas e incluso bolchevistas. En todas las paredes se podía leer Viva Lenin garabateado con trazos chapuceros y escrito con carbón o yeso. Además, se decía que uno de los líderes socialistas, llamado Mussolini, había abandonado el partido durante la guerra para organizar algún grupo de signo contrario. Pero la gente recibía esas informaciones con indiferencia. ¿Qué importancia podía tener un grupúsculo como aquél? En todos los países existían camarillas parecidas: en el Báltico, los guerrilleros desfilaban de aquí para allá; en Renania y Baviera se formaban grupos separatistas; por doquier había manifestaciones y golpes de Estado que casi siempre terminaban sofocados. Y a nadie se le ocurría pensar que aquellos “fascistas”, que en vez de las camisas rojas garibaldinas las llevaban negras, podían convertirse en un factor esencial del futuro desarrollo de Europa.