Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Yo no sabía por qué había huelga, pero no hice más preguntas. Estábamos ya demasiado acostumbrados a tales cosas en Austria, donde los socialistas, con excesiva frecuencia para fatalidad suya, habían utilizado este drástico método para después no sacar de él ningún provecho práctico. De modo que tuve que seguir con las maletas a cuestas hasta que vi a un gondolero que desde un canal lateral me hacía señales apresuradas y furtivas y luego me admitió a bordo con mis dos maletas. Al cabo de media hora estábamos en el hotel, después de haber pasado por delante de unos cuantos puños levantados en contra del esquirol. Con la naturalidad que confiere una vieja costumbre, fui de inmediato a la plaza de San Marcos. Parecía extrañamente desierta. Las persianas de la mayoría de los comercios estaban bajadas, no había nadie en los cafés, sólo se veía una gran multitud de obreros que formaban pequeños grupos bajo las arcadas como quien espera algo especial. Yo esperé con ellos. Y llegó de repente. De una calle lateral salió desfilando o, mejor dicho, corriendo con paso ligero y acompasado, un grupo de jóvenes en formación perfecta que, con un ritmo ensayado, cantaban una canción cuyo texto yo desconocía. Más tarde supe que se trataba de la Giovinezza. Con su paso redoblado habían cruzado ya la plaza, blandiendo bastones, antes de que los obreros, cien veces superiores en número, tuvieran tiempo de lanzarse sobre el adversario. La osada y francamente arrojada marcha de aquel pequeño grupo organizado se había efectuado con tanta celeridad, que los otros no se dieron cuenta de la provocación hasta que sus enemigos ya estaban fuera de su alcance. Se agruparon enfurecidos y con los puños cerrados, pero ya era demasiado tarde, no podían atrapar a la pequeña tropa de asalto.