Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Para mí fue el primer aviso de que, bajo una superficie aparentemente tranquila, peligrosas corrientes subterráneas recorrían Europa. No tardó mucho en llegar un segundo aviso. Incitado de nuevo por el deseo de viajar, había decidido irme en verano a Westerland, a orillas del mar del Norte alemán. Para un austríaco visitar Alemania entonces conservaba todavía algo de reconfortante. El marco se había mantenido espléndidamente fuerte frente a nuestra debilitada corona; la convalecencia parecía ir por buen camino. Los trenes llegaban puntuales, los hoteles estaban limpios y aseados; a ambos lados de las vías, por todas partes se levantaban casas y fábricas nuevas; en todas partes reinaba el impecable y silencioso orden que odiábamos antes de la guerra y que, en medio del caos, habíamos llegado a amar. Es verdad que se respiraba una cierta tensión, porque el país entero esperaba a ver si las negociaciones de Génova y de Rapallo (las primeras en que participaba Alemania al lado de las potencias antes enemigas y con los mismos derechos) traerían consigo el anhelado alivio de las cargas de guerra o, por los menos, un tímido gesto de aproximación. El conductor de estas negociaciones, tan memorables en la historia de Europa, no era otro que mi viejo amigo Rathenau. Su genial instinto organizador ya lo había acreditado de un modo excelente durante la guerra; desde el primer momento había descubierto el punto más débil de la economía alemana (el mismo donde más adelante recibiría Alemania el golpe mortal): el suministro de materias primas, y oportunamente (también en eso se anticipó al tiempo) organizó toda la economía desde una administración central. Cuando, una vez terminada la guerra, se tuvo que buscar a un hombre au pair de los más sagaces y experimentados de entre sus adversarios, que se enfrentara a ellos como ministro de Asuntos Exteriores alemán, la elección, huelga decirlo, recayó en él.