Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Ese “trabajo” era un proceso bastante curioso en el caso de Strauss. Nada de demoníaco, nada del raptus del artista, nada de esas depresiones y desesperaciones que conocemos por las biografías de Beethoven o de Wagner. Strauss trabaja con objetividad y frialdad ―como Johann Sebastian Bach, como todos esos sublimes artesanos del arte―, con calma y regularidad. A las nueve de la mañana se sienta ante el escritorio y retorna el trabajo de composición ahí donde lo había dejado el día anterior; suele escribir a lápiz el primer borrador y en tinta la partitura para piano; y así, sin descanso, hasta las doce o la una. Por la tarde juega a cartas, copia dos o tres páginas de la partitura y a veces, por la noche, dirige en el teatro.