Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Tanto como en aquella primera entrevista, en todas las demás que la siguieron quedé admirado de la seguridad y la objetividad con que el viejo maestro se encaraba en su obra consigo mismo. En una ocasión estuvimos los dos solos en la sala de los festivales de Salzburgo, donde ensayaban a puerta cerrada su Elena egipciana.
No habÃa nadie más en la sala, completamente a oscuras. Él escuchaba. De repente me di cuenta de que tamborileaba con los dedos sobre el respaldo de la butaca, suave pero impacientemente.
Luego me dijo al oÃdo:
―¡Malo! ¡Muy malo! En este pasaje no se me ocurrÃa nada.
Y al cabo de un rato insistió:
―¡Ojalá pudiera suprimirlo. ¡Dios mÃo, Dios mÃo, es vacÃo y demasiado largo! ¡Demasiado largo!
Y después de otro rato:
―¿Lo ve? Esto está bien.
Criticaba su obra con tanta objetividad e imparcialidad como si oyera aquella música por primera vez y hubiera sido escrita por un compositor completamente desconocido, y ese asombroso sentido de la propia medida no le abandonó jamás. Siempre sabÃa exactamente quién era y de qué era capaz. Le interesaba muy poco si los demás valÃan o no ni tampoco qué valor tenÃa él para los demás. Su única satisfacción era el trabajo en sÃ.