Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Pero tampoco bastaban masas semejantes para el consumo permanente. Los había que querían algo más cómodo y discreto que correr por las calles en busca de estos murciélagos revoloteantes o tristes pájaros del paraíso. Querían el amor más a sus anchas: con luz y calor, con música y baile y una apariencia de lujo. Para tales clientes existían las “casas de tolerancia”, los burdeles. Allí, en un pretendido “salón” adornado con falso lujo, se reunían las chicas vestidas en parte con ropajes de dama elegante y en parte con negligés inequívocos. Un pianista proporcionaba el entretenimiento musical, las parejas bebían, bailaban y conversaban antes de retirarse discretamente a un dormitorio; en muchas de esas casas, las más elegantes, sobre todo de París y de Milán, las que gozaban de una cierta fama internacional, un alma cándida podía caer en la ilusión de haber sido invitada a una casa particular con damas de la sociedad un poco traviesas. Visto desde fuera, las chicas de esas casas lo tenían mejor que las que deambulaban por las calles. No tenían que andar arriba y abajo, con el viento y la lluvia, por callejuelas embarradas, sino que esperaban en habitaciones calientes, llevaban buenos vestidos, comían en abundancia y, sobre todo, bebían en abundancia. Sin embargo, en realidad eran prisioneras de sus patronas, que las obligaban a comprarse aquellos vestidos a precios de usura y hacían tales malabarismos con los precios de la pensión, que incluso la muchacha más aplicada y resistente vivía siempre en una especie de prisión por deudas y no podía abandonar nunca la casa por propia voluntad.