Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Escribir la historia secreta de algunas de esas casas sería apasionante, y también fundamental como documento cultural de la época, porque albergaban secretos de lo más singular, aunque de sobra conocidos, desde luego, por las autoridades, normalmente tan estrictas. Existían puertas secretas y escaleras especiales por las que podían entrar miembros de la sociedad más selecta y, según dicen, también de la corte, sin que fueran vistos por los demás mortales. Había habitaciones con espejos y otras desde las cuales se podía mirar a escondidas las habitaciones contiguas, donde las parejas se recreaban sin sospechar nada. Había disfraces, desde hábitos de monja hasta ropa de bailarina, encerrados en baúles y cofres para fetichistas especiales. Y era la misma ciudad, la misma sociedad y la misma moral que se indignaban cuando las muchachas montaban en bicicleta, que manifestaban que era una vergüenza para la dignidad de la ciencia el que Freud, a su manera tranquila, clara y penetrante, expusiera verdades que no querían admitir. El mismo mundo que defendía tan patéticamente la pureza de la mujer toleraba esa horrible venta del propio cuerpo, la organizaba e incluso sacaba provecho de ella.