Memorias de un europeo El mundo de ayer

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No nos dejemos, pues, inducir a error por la novelas y las historietas sentimentales de aquella época; fue una mala época para los jóvenes, los cuales tenían a las chicas herméticamente separadas de la vida y bajo el control de la familia, frenadas en su libre desarrollo físico y mental; una época que empujaba a los muchachos a secretos y disimulos por culpa de una moral que, en el fondo, nadie creía ni seguía. Las relaciones francas, sin prejuicios, lo que por ende para los jóvenes hubiese debido significar precisamente goce y felicidad según la ley natural, eran las peor toleradas. Y si alguien de aquella generación quisiera recordar con honradez sus primeros encuentros con mujeres, hallará pocos episodios en los que pueda pensar realmente con serena alegría, pues, además de la presión social, que obligaba a ir siempre con cuidado y a disimular, otro elemento ofuscaba el alma después y durante los momentos más efusivos: el miedo a la infección. También en este aspecto, la juventud de entonces salió perjudicada en comparación con la de hoy, porque no hay que olvidar que, cuarenta años atrás, las enfermedades venéreas eran cien veces más corrientes que hoy y, sobre todo, tenían consecuencias cien veces más peligrosas y tremendas, puesto que la medicina de entonces no sabía aún cómo tratarlas. No existía todavía la posibilidad científica de curarlas de un modo tan rápido y radical como hoy; en las clínicas universitarias, pequeñas y medianas, gracias a la terapia de Paul Ehrlich, a menudo transcurren semanas sin que el profesor pueda mostrar a los estudiantes un caso reciente de infección de sífilis; antes, las estadísticas del ejército y de las grandes ciudades mostraban que de cada diez jóvenes uno o dos por los menos eran víctimas de infecciones. Se advertía constantemente a los jóvenes del peligro; si uno andaba por las calles de Viena, podía leer sobre la fachada de una de cada seis o siete casas el letrero de “Especialista en enfermedades de la piel y venéreas”, y al miedo a la infección encima se añadía el horror ante la forma enojosa y degradante de las curas de entonces, de las que el mundo de hoy tampoco sabe nada. Durante semanas y semanas el cuerpo entero de un infectado de sífilis era frotado con mercurio, algo que, a su vez, arrastraba otras consecuencias: se le caían las muelas y padecía otros males; la infortunada víctima de una casualidad fatal se sentía, pues, no sólo anímica, sino también psíquicamente sucia, y ni siquiera después de una de aquellas curas horribles podía el afectado estar seguro a lo largo de toda su vida de si el pérfido virus no despertaría de nuevo en su cápsula y, desde la médula espinal, no le paralizaría los miembros y le ablandaría el cerebro. No es extraño, pues, que muchos jóvenes de entonces, en cuanto se enteraban del diagnóstico, echaran mano del revólver, pues les resultaba insoportable el sentimiento de ser sospechosos, ante sí mismos y ante los familiares más próximos, de padecer una enfermedad incurable. A eso se añadían las demás preocupaciones de una vita sexualis practicada siempre a escondidas. Trato de ser fiel a mi memoria y apenas recuerdo a un solo compañero de mis años de juventud que no hubiera aparecido alguna vez con la cara pálida y la mirada alterada: fulano, porque estaba enfermo o temía enfermar; mengano, porque lo chantajeaban con un aborto; zutano, porque no tenía dinero para un tratamiento sin que se enterara la familia; el cuarto, porque no sabía cómo pagar los alimentos de un hijo que le endosaba una camarera; el quinto, porque le habían robado la cartera en un burdel y no se atrevía a denunciarlo. Mucho más dramática, y por otro lado menos limpia, mucho más tensa y a la vez opresiva era, pues, la juventud de aquella época pseudomoral, de lo que nos describen sus poetas de la corte. Al igual que en la escuela y en casa, tampoco en la esfera del eros se concedía a los jóvenes la libertad y la felicidad a las que estaban destinados por su edad.


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