Memorias de un europeo El mundo de ayer

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Era necesario resaltar todo esto en un cuadro fiel de la época porque muchas veces, cuando hablo con compañeros más jóvenes, de la generación de posguerra, tengo que convencerlos casi a la fuerza de que nuestra juventud, en comparación con la suya, no se hallaba en absoluto en una situación privilegiada. Cierto que, como ciudadanos, gozamos de más libertad que la generación actual, que está obligada a prestar el servicio militar, el servicio social y, en algunos países, a profesar ideologías de masas, una generación que, en resumidas cuentas, ha sido entregada a la arbitrariedad de una estúpida política mundial. Podíamos dedicarnos sin trabas a nuestro arte predilecto, seguir nuestras inclinaciones intelectuales, moldear nuestra vida privada de un modo más individual y personal. Podíamos vivir más a lo cosmopolita, el mundo entero se abría ante nosotros. Podíamos viajar sin pasaporte ni permiso adonde nos diera la gana, nadie nos examinaba por razón de ideología, raza, origen o religión. Teníamos en verdad, y no lo niego en absoluto, inmensamente más libertad individual y no sólo la amábamos, sino que también la utilizábamos. Como muy bien dijo en cierta ocasión Freidrich Hebbel: “Cuando no nos falta el vino, nos falta la copa.” Rara vez una misma generación ha tenido ambas cosas; cuando la moral concede libertad al hombre, entonces es el Estado quien lo coacciona; si el Estado le da libertad, es la moral la que intenta moldearlo. Vivíamos el mundo más y mejor, pero los jóvenes de hoy viven su juventud más intensa y conscientemente. Cuando hoy veo a muchachos saliendo de escuelas y colegios, cuando los veo juntos, chicos y chicas, en una camaradería franca y despreocupada, sin falsa timidez ni pudor, en las aulas, practicando deportes y jugando, lanzándose a toda velocidad por la nieve sobre esquís, compitiendo en la piscina con la libertad de los antiguos, corriendo por el país en automóvil por parejas, hermanados en todas las formas de una vida sana y despreocupada, sin cargas interiores ni exteriores, cada vez tengo la impresión de que han transcurrido no cuarenta sino mil años entre ellos y nosotros, nosotros, que para dar y recibir amor teníamos que buscar siempre las sombras y los escondites. Con la mirada llena de sincero gozo, me doy cuenta de la tremenda revolución de costumbres que se ha producido en favor de los jóvenes, de cuánta libertad en la vida y en el amor han recuperado y de hasta qué punto esta nueva libertad los ha curado física y anímicamente; las mujeres me parecen más bellas desde que les está permitido mostrar libremente sus formas; su manera de caminar, más erguida; sus ojos, más claros; su conversación, menos artificial. Cuán distinta es la seguridad de la que se ha apropiado esta nueva juventud, que no tiene que rendir cuentas de sus actos a nadie excepto a ella misma y a su sentido de la responsabilidad, que se ha zafado del control de madres y padres, tías y maestros y que, desde hace mucho tiempo, ya no es capaz de imaginarse las inhibiciones, las intimidaciones y las tensiones con que nos agobió nuestra educación; una juventud que ya no conoce los rodeos y los disimulos con los que nosotros teníamos que conseguir, a escondidas, como algo prohibido, lo que ella considera, y con razón, su derecho propio. Afortunadamente, disfruta de su edad con el entusiasmo, el frescor, la alegría y la despreocupación que le son propios. Pero la felicidad más bella dentro de esta felicidad suya radica, a mi entender, en el hecho de que no se ve en la necesidad de mentir ante los demás, sino que puede ser sincera consigo misma y con sus deseos naturales. Puede que, a causa de la despreocupación con la que van por la vida los jóvenes de hoy, les falte un poco de respeto por las cosas del espíritu que animaban nuestra juventud. Puede que, a fuer de encontrar tan natural ese dar y recibir, hayan perdido bastantes cosas del amor que a nosotros nos parecían especialmente valiosas y atractivas, muchas inhibiciones secretas de timidez y pudor, mucha ternura en el afecto. Quizá ni siquiera se imaginan hasta qué punto los escalofríos de lo prohibido acrecientan misteriosamente el placer. Pero todo eso me parece insignificante ante el cambio liberador que representa el que los jóvenes de hoy estén exentos de miedos y depresiones y gocen plenamente de lo que en aquellos años nos era negado: el sentimiento de libertad y de seguridad en uno mismo.


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