Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Y es que en aquellos tiempos ahora desaparecidos, en Austria, la universidad aún tenía una aureola especial, romántica. Ser estudiante otorgaba ciertas prerrogativas que situaban a los jóvenes académicos muy por encima de sus compañeros de la misma edad. Esta singularidad, anticuada quizás, era poco conocida en países no germánicos, por lo que su absurdidad y su anacronismo exigen una explicación. En su mayoría, nuestras universidades habían sido fundadas en la Edad Media, en una época, pues, en que la dedicación a la ciencia pasaba por ser algo extraordinario y, con el fin de atraer a los jóvenes al estudio, se les concedía ciertos privilegios de clase. Los escolares medievales no estaban sujetos a la justicia ordinaria, no podían ser detenidos ni molestados en sus colegios por los alguaciles, llevaban una indumentaria especial, tenían el derecho a batirse en duelo impunemente y eran reconocidos como un gremio cerrado con sus costumbres y vicios propios. Con el tiempo y la progresiva democratización de la vida pública, cuando todos los demás gremios y corporaciones medievales se disolvieron, en toda Europa se perdió esa situación de privilegio de los académicos; tan sólo en Alemania y en la Austria alemana, donde la conciencia de clase se imponía siempre a la democrática, los estudiantes continuaron aferrados a unos privilegios exentos de sentido desde hacía tiempo e incluso los convirtieron en un código estudiantil propio. El estudiante alemán, además del civil y general, sobre todo se arrogaba una clase especial de «honor”: precisamente el de ser estudiante. Quien le ofendiera tenía que darle «satisfacción», esto es, enfrentársele con armas en un duelo, siempre y cuando se mostrara «capaz de dar satisfacción”. Y según esta presuntuosa valoración, no era capaz de dar satisfacción un comerciante o un banquero, por ejemplo, sino sólo alguien con formación académica, un graduado o un oficial: nadie más, entre millones de personas, podía participar en el singular honor de cruzar la espada con uno de esos mozos estúpidos y barbilampiños. Por otro lado, para ser considerado un estudiante «en toda regla», era necesario haber «demostrado” la propia virilidad, es decir, haber salido airoso de tantos duelos como fuera posible e incluso llevar en la cara, en forma de «cicatrices», las marcas distintivas de tales heroicidades; unas mejillas lisas y una nariz sin marca eran indignas de un auténtico académico germánico. Y así, los estudiantes «de todos los colores», los que pertenecían a una corporación con distintivos de color, se veían obligados sin cesar, a fin de poder «batirse con cuantos más adversarios mejor», a provocarse mutuamente o a provocar a otros estudiantes y oficiales del todo pacíficos. Era en las salas de esgrima de las «corporaciones” donde se inculcaba esta noble y principal actividad a los nuevos estudiantes y, además, se los iniciaba en las costumbres de la asociación. Cada «zorro», es decir, novicio, era confiado a un hermano de la corporación, al que debía obediencia servil y el cual, a cambio, lo adiestraba en las nobles artes de su código de conducta o Komment: beber hasta vomitar, vaciar de un trago y hasta la última gota una jarra grande de cerveza (la prueba de fuego) para así corroborar gloriosamente que uno no era un «blando», o vociferar a coro canciones estudiantiles y escarnecer a la policía marcando el paso de la oca y armando jaleo por las calles de noche. Todo eso era considerado «viril», «estudiantil” y «alemán», y cuando las corporaciones, con sus gorras y brazales de colores, desfilaban agitando sus banderas en sus «callejeos” de los sábados, esos mozalbetes simplones, llevados por su propio impulso hacia un orgullo absurdo, se sentían los auténticos representantes de la juventud intelectual. Miraban con desprecio a la «plebe», que no sabía apreciar como era debido la cultura académica y la virilidad alemana.