Mendel el de los libros
Mendel el de los libros La señora Sporschil, con el cabello blanco, desgreñada, llegó de sus arcanos aposentos dando pequeños pasos hidrópicos y frotándose aún las manos rojas con un trapo a toda prisa. Era evidente que acababa de restregar su turbio cubil o de limpiar las ventanas. Por su manera insegura de comportarse me di cuenta enseguida de que le resultaba desagradable que la llamaran así, de repente, para que saliera bajo las grandes bombillas a la parte noble del café. Los vieneses husmean de inmediato detectives y policías en cuanto alguien desea interrogarles. De modo que al principio me miró con desconfianza, con una mirada de abajo arriba, una mirada muy cauta, sumisa. ¿Qué de bueno podía yo querer de ella? Pero apenas había yo preguntado por Jakob Mendel, clavó la vista en mí con unos ojos llenos, se podría decir, rebosantes, y los hombros se le levantaron dando un respingo. «Dios mío, pobre señor Mendel. Y que aún quede alguien que piense en él. Sí, pobre señor Mendel». Estaba a punto de llorar. Hasta ese extremo se sentía conmovida, como les ocurre siempre a las personas mayores cuando se les recuerda su juventud, alguna feliz experiencia común ya olvidada. Le pregunté si aún vivía. «Oh, Dios mío, pobre señor Mendel, ya va para cinco o seis años, no, siete, que murió. Un hombre tan amable, tan bueno, y cuando pienso durante cuánto tiempo le conocí, durante más de veinticinco años… Estaba ya aquí cuando entré a trabajar. Y fue una vergüenza cómo le dejaron morir». Se la veía cada vez más nerviosa y me preguntó si era un pariente —nadie se había interesado jamás por él, nadie había preguntado nunca por él— y si sabía lo que le había ocurrido.