Mendel el de los libros

Mendel el de los libros

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La buena y conmovedora mujer tenía razón. Es verdad que nuestro amigo Jakob Mendel no había cometido delito alguno. Tan sólo —no fue sino hasta más tarde que me enteré de todos los detalles— una terrible estupidez, una estupidez impresionante, una estupidez por completo inverosímil justo en aquellos años demenciales, algo que sólo se explica por el perfecto ensimismamiento en el que se sumía, porque aquel personaje único estaba en la luna. Había ocurrido lo siguiente. En la oficina militar encargada de la censura, de vigilar toda la correspondencia con el extranjero, habían interceptado un buen día una postal escrita y firmada por un tal Jakob Mendel, franqueada al extranjero de acuerdo con la normativa vigente, pero —caso increíble— dirigida a un país enemigo. Una postal a la atención de Jean Labourdaire, Librero, Quai de Grenelle, París, en la que el tal Jakob Mendel se quejaba de que no había recibido los ocho últimos números del Bulletin bibliographique de la France a pesar de haber abonado previamente la suscripción anual. El empleado de la censura, un subalterno de servicio, profesor de instituto especializado en filología románica, al que le habían plantado el uniforme azul de la reserva, se quedó perplejo cuando aquel escrito llegó a sus manos. Una broma estúpida, pensó. Entre las dos mil cartas que cada semana registraba y examinaba en busca de notificaciones poco claras y giros sospechosos de espionaje, jamás hasta entonces había descubierto un hecho tan absurdo como aquel de que alguien enviara desde Austria una carta a Francia de manera tan despreocupada, es decir, que alguien echara al buzón, así como así y tan tranquilo, una carta dirigida a una potencia enemiga, como si la frontera desde 1914 no estuviera ribeteada con alambradas de espino y como si cada día que Dios ha creado, Francia, Alemania, Austria y Rusia no redujeran sus respectivas poblaciones masculinas en un par de miles de hombres. En un principio, había guardado la postal como una curiosidad en uno de los cajones de su escritorio, sin informar a sus superiores de aquel absurdo. Pero al cabo de unas semanas llegó otra postal del mismo Jakob Mendel dirigida a un librero llamado John Aldridge, en Holborn Square, Londres, preguntando si no le podría enviar los últimos números del Antiquarian. De nuevo estaba firmada por el mismo extraño individuo, Jakob Mendel, quien con una ingenuidad conmovedora había añadido su dirección completa. Pero esta vez aquel profesor de instituto cosido al uniforme se sintió incómodo. ¿Acaso se ocultaba algún misterioso sentido cifrado tras aquella broma chapucera? En cualquier caso, se levantó y, tras chocar ambos tacones, le puso al comandante aquellas dos postales sobre la mesa. El comandante levantó los hombros. ¡Un caso singular! Por lo pronto, avisó a la policía para que investigara si de verdad existía aquel Jakob Mendel. Una hora después, Jakob Mendel ya había sido arrestado y conducido, tambaleándose aún por la sorpresa, ante el comandante, que le presentó las enigmáticas postales y le preguntó si reconocía ser el remitente. Excitado por el tono severo y, sobre todo, porque le habían sacado de su madriguera durante la lectura de un importante catálogo, Mendel se puso a vociferar casi de un modo grosero que claro que había escrito aquellas tarjetas. Tenía uno derecho a reclamar una suscripción que ya había pagado. El comandante, inclinándose hacia delante en el sillón, se dirigió al teniente de la mesa contigua. Ambos se miraron guiñándose los ojos en un gesto de complicidad. ¡Un loco de remate! Después el comandante reflexionó sobre si debía limitarse a gruñirle al mentecato aquel y echarlo de allí o si debía tomarse el caso en serio. En cualquier oficina pública cuando se presentan semejantes apuros, ante los que no se sabe qué hacer, suele uno decidirse casi siempre por abrir un expediente. Un expediente siempre está bien. Si no sirve para nada, no importa. Tan sólo se ha rellenado un pliego de papel más entre millones.


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