Mendel el de los libros
Mendel el de los libros Pero en este caso se perjudicó por desgracia a un pobre hombre despistado, pues al hacerle la tercera pregunta salió a la luz un dato de consecuencias funestas. Se le pidió en primer lugar que diera su nombre. Jakob, para ser exactos, Jainkeff Mendel. Profesión. Vendedor ambulante. Es decir que no tenía licencia como librero, sólo un carné de vendedor ambulante. Con la tercera pregunta se produjo la catástrofe. Lugar de nacimiento. Jakob Mendel dio el nombre de una pequeña localidad cerca de Petrikau. El comandante alzó las cejas. Petrikau, ¿no está eso en la Polonia rusa, cerca de la frontera? Sospechoso. ¡Muy sospechoso! De modo que en un tono aún más severo inquirió cuándo había obtenido la nacionalidad austríaca. Las gafas de Mendel se clavaron en él, una mirada oscura, asombrada. No acababa de comprender. Demonios, que si tenía sus papeles, sus documentos. Y dónde. No tenía más que el carné de vendedor ambulante. El comandante alzó cada vez más las arrugas de la frente. Debía aclarar de una vez el asunto de su nacionalidad. Y, ¿qué había sido su padre, austríaco o ruso? Con toda calma, Jakob Mendel contestó que, naturalmente, ruso. ¿Y él? Ay, él había pasado la frontera rusa de contrabando hacía treinta y tres años para no tener que prestar el servicio militar. Desde entonces vivía en Viena. El comandante se impacientó cada vez más. ¿Cuándo había obtenido la nacionalidad austríaca? ¿Para qué?, preguntó Mendel. Nunca se había preocupado por esas cosas. ¿De modo que seguía siendo ruso? Y Mendel, al que hacía rato que aquellas continuas preguntas le aburrían en lo más hondo, respondió con indiferencia: «La verdad es que sí».