Mendel el de los libros
Mendel el de los libros El comandante, asustado, se echó hacia atrás de una manera tan violenta, que el sillón crujió. ¡De modo que esto podía ser! En Viena, en la capital de Austria, en plena guerra, a finales de 1915, después de Tarnów y de la gran ofensiva, un ruso se paseaba sin que nadie le molestara, escribía cartas a Francia e Inglaterra, y la policía no se preocupaba de nada. Y en los periódicos los muy idiotas se sorprendían de que Conrad von Hötzendorf no hubiera llegado directamente hasta Varsovia. Y en el Estado Mayor se asombraban cada vez que un movimiento de tropas era comunicado por espías a Rusia. También el teniente se había levantado y se colocó ante la mesa. La conversación se transformó de manera brusca en un interrogatorio. ¿Por qué no se había presentado de inmediato como extranjero? Mendel, aún sin malicia, replicó en su cantarina jerga judía: «¿Por qué iba a presentarme, de repente?». En aquella pregunta invertida el comandante percibió una provocación y, amenazador, preguntó si no había leído las proclamas. ¡No! ¿Es que tampoco leía los periódicos? ¡No!