Mendel el de los libros
Mendel el de los libros Los sufrimientos espirituales que tuvo que padecer Mendel durante esos dos años en el campo de concentración, sin libros, sin sus amados libros, sin dinero, en aquella inmensa jaula humana en medio de sus compañeros, indiferentes, ordinarios, la mayoría analfabetos, lo que hubo de sufrir allí, separado de su mundo, el mundo superior y único de los libros, como un águila con las alas cortadas respecto de su elemento, el éter, sobre esto no hay testimonios. Pero poco a poco este mundo, desengañado por su propia demencia, sabe que de todas las atrocidades y abusos criminales de esta guerra ninguno ha sido más absurdo, más infundado y, por lo tanto, menos disculpable desde el punto de vista moral que la detención y confinamiento tras alambradas de espino de civiles desprevenidos, muy lejos ya de la edad reglamentaria para prestar servicio en el ejército, personas que durante muchos años habían vivido en un país extranjero como en una patria y que por creer en el derecho de hospitalidad, sagrado hasta para los tungusos y los araucanos, perdieron la oportunidad de escapar a tiempo… Un crimen contra la civilización cometido sin sentido alguno en Francia, en Alemania y en Inglaterra, en cada terruño de esta Europa nuestra que perdió por completo la razón. Y quizá Jakob Mendel, como otros cientos en aquel cercado, habría sucumbido de manera miserable ante el desvarío, bien de disentería, de inanición o por trastorno mental, si justo a tiempo una casualidad, una casualidad auténticamente austríaca, no le hubiera llevado de nuevo a su mundo. El caso es que en numerosas ocasiones, tras su desaparición, habían llegado a su dirección cartas de clientes distinguidos: el conde Schönberg, en otro tiempo gobernador de Estiria, coleccionista fanático de obras heráldicas, el antiguo decano de la Facultad de Teología, Siegenfeld, que estaba trabajando en uno de los comentarios de san Agustín, el antiguo almirante de la flota, Edler von Pisek, un jubilado de ochenta años que seguía corrigiendo sus memorias. Todos ellos, sus fieles clientes, habían escrito repetidas veces a Jakob Mendel en el café Gluck, y algunas de aquellas cartas le fueron enviadas al desaparecido hasta el campo de concentración. Allí cayeron en manos del capitán, un hombre casualmente de buenas intenciones, que se quedó admirado de las relaciones de aquel sucio judío medio ciego que, desde que le habían roto las gafas —no tenía dinero para conseguir unas nuevas—, se quedaba en un rincón, acurrucado como un topo, gris, sin ojos y mudo. Quien tenía semejantes amigos debía de ser algo especial. De modo que permitió que Mendel respondiera a aquellas cartas y solicitara una recomendación a sus protectores. No se hizo esperar. Con la apasionada solidaridad de todo coleccionista, tanto Su Excelencia como el decano pusieron en marcha sus contactos, y su aval conjunto consiguió que Mendel el de los libros, tras más de dos años de confinamiento, pudiera volver a Viena, por supuesto con la condición de presentarse diariamente a la policía. Sí, podía regresar al mundo libre, a su vieja, pequeña y estrecha buhardilla. Podía volver a pasar por delante de sus queridos escaparates llenos de libros y, sobre todo, al café Gluck.