Mendel el de los libros
Mendel el de los libros La buena de la señora Sporschil pudo describirme el regreso de Mendel desde aquel submundo infernal al café Gluck por propia experiencia. «Un día, Jesús, María y José, no puedo creer lo que ven mis ojos, se abre la puerta, ya sabe usted, de refilón, tan sólo una rendija, como solía abrir él siempre, y el pobre señor Mendel entra en el café dando un tropezón. Llevaba puesto un raído capote militar lleno de zurcidos, y en la cabeza algo que alguna vez debió de ser un sombrero, uno que habrían tirado. No tenía cuello de camisa, y parecía la muerte, con el rostro y el pelo grises, y tan flaco que daba lástima. Pero entra, directo, como si nada hubiera ocurrido. No pregunta nada, no dice nada. Va hacia su mesa, allí, y se quita el abrigo, pero no como en otro tiempo, con agilidad y sin esfuerzo, sino respirando con dificultad. Aquella vez no traía ningún libro. Se limita a sentarse y no dice nada. Tan sólo clava la vista ante él con los ojos vacíos por completo, resecos. Sólo poco a poco, cuando le llevamos todo el paquete con los escritos que habían llegado para él desde Alemania, se puso de nuevo a leer. Pero ya no era el mismo».